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viernes, 4 de diciembre de 2009

Origen del arbol navideño

No es casual que un símbolo como el árbol se haya impuesto tan profundamente en el seno del cristianismo, que sea el protagonista de la fiesta de Navidad.



Antecedentes

En el GENESIS (BERESHIT) se menciona el ARBOL DE LA SABIDURIA situado en el centro de Edén, símbolo central del pacto entre Dios y el hombre; El Arbol de AÇvattaha de los Hindúes; el árbol paradisiaco HAOMA de los Persas; El árbol de las manzanas áureas de Jardín de la Hespérides; El árbol del Vellocino de Oro de Jason; en el Nuevo Testamento se da un correlativo del árbol del Edén y es el Arbol de la Cruz, según la medieval Legenda Crucis, esta habría sido hecha con la madera del primero.
Todo apunta a la sacralización de la vegetación por lo que debemos relacionar el Arbol de Navidad con los cultos paganos de adoración Arbóreo-Vegetal y se presenta también sobre todo en Europa en otras épocas del año como por ejemplo al comienzo de la primavera, en Mayo, ha sido por otra parte la respuesta cristiano-tradicionalista a los ritos Jacobinos del Árbol de la Libertad, a su vez implantados a imitación del folklórico Árbol de Mayo.



Un poco de historia

En el plano histórico, no se remonta a demasiado tiempo atrás, aunque la leyenda alemana quiera relacionarlo con Martín Lutero, fundador de la fe Protestante - quien regresando a Wittenberg, una silenciosa y fría noche de vigilia, quiso recrear, adornando con pequeñas velas un abeto domestico, la impresión fabulosa que tuvo al observar los árboles helados del bosque que resplandecían bajo la luz de las estrellas... quizá haya sido un intento de la iglesia alemana reformada por conservar una costumbre pagana, viva en el pueblo, atribuyéndole un carácter cristiano.

La costumbre se arraigó en Alemania y los países escandinavos en los siglos XVI y XVII, de allí paso a Inglaterra: primero fueron los soberanos de la casa de Hannóver, Jorge III (y sobre todo su esposa Carlota), y más tarde el Príncipe Consorte Alberto de Sajonia-Coburgo, celebre marido de la reina Victoria. Cabe pensar que el abeto decorado en los hogares, podría considerarse, en cierto sentido, como una prueba de fidelidad monárquica.



¿Qué árbol elegir?

Entre el tercero y segundo milenio a.C se expandieron por Europa y Asia diversos pueblos indoeuropeos en los que, dentro de su cultura, tenía mucha importancia el roble, gracias a sus cualidades naturales idóneas para mantener y potenciar la vida vegetal y animal a su alrededor. Le dieron la denominación de "Dios Roble", asociado al dios del rayo y el trueno y más tarde, también se le asoció a Zeus y Júpiter.
El árbol sagrado por excelencia es el roble, pero en los lugares donde éste no crecía se eligieron otros propios de cada zona, así, en Cornualles el árbol sagrado fue la encina y el Germania el abeto.
En todo el continente europeo los aldeanos invocaban, a través de ofrecer algún regalo a los árboles, la acción de los espíritus para lograr la protección de los mismos para sus familias, sus propiedades, sus ganados y para conseguir cosechas abundantes.
Cuando a mediados del otoño las hojas del roble se caían, las culturas agrarias que lo adoraban, adornaban las ramas desnudas con telas de colores y piedras pintadas para hacerlo más atractivo y lograr así que volviera a las mismas el espíritu de la Naturaleza.
Ante un símbolo de hoja caduca por otro de hoja perenne, es por lo que el roble perdió corona a favor del pino o el abeto.



El árbol del Niño Jesús

A partir del siglo VII San Bonifacio (santo, anglosajón, nació en la segunda mitad del siglo VII y sufre el martirio a manos de los paganos en el año 755) volvió a socavar todos los mitos y ritos de los germanos asociándolos a equivalentes cristianos y proclamó que el abeto era el "árbol del niño Jesús". La iglesia Católica dotó al árbol de un significado acorde con sus intereses, ya que señaló que la forma triangular que tiene representa a la Santísima Trinidad; el extremo superior del mismo representa a Dios Padre y los dos inferiores a Dios Hijo y al Espíritu Santo respectivamente.
A mediados del siglo VIII se cortó el primer abeto como un elemento cultural dentro de la celebración de la Navidad cristiana,
Al principio únicamente se colgaron de él dulces y frutas. Los adornos y las bolas llegaron en el siglo XVIII de mano de los sopladores de vidrio de Bohemia.

El árbol y el amor al prójimo

Informado Bonifacio de que bajo la encina o el roble más alto del bosque dedicado al supremo dios de la mitología germánica, sería sacrificado un joven, se dirigió hacia allí para evitarlo.
Aquí la leyenda se bifurca y algunas fuentes afirman que lo logró pero las más aceptadas informan que sólo alcanzó a recoger el cuerpo del adolescente.
Bonifacio y sus seguidores talaron el árbol sangriento, y desde entonces el obispo exhortó a tomar como símbolo de la nueva fe, el Dios Bueno que no necesitaba sacrificios humanos para revivir porque había resucitado para siempre, el pino que no pierde sus hojas, siempre verde, que ofrece cobijo a los caminantes bajo sus ramas, que abriga a los animales y les ofrece alimento con su follaje a los ciervos en lo más duro del invierno, que ofrece sus ramas para las teas resinosas que ahuyentan la oscuridad.
Por amor a los hermanos más desposeídos, como convite fraterno, se colgaban frutas, manzanas rojas y verdes, bollos de pan, nueces y castañas pintadas, para que todo el que lo necesitara se sirviera sin necesidad de pedirlo.
En el año 754 San Bonifacio y varios de sus sacerdotes y ayudantes, marcharon a Frisia con permiso del Papa. Allí era donde el cristianismo todavía no había logrado triunfar y donde cerca de Dockhum, a orillas del Burda, al amanecer, fue muerto con todos sus compañeros.
Los miles y miles de cristianos y no cristianos que cada año erigen el pino verde, pueden ignorarlo todo sobre él; pueden creer que el Arbol es sólo un símbolo pagano (aunque los Árboles de la Vida y de la Ciencia tengan tanto lugar en el Génesis); pueden no leer nunca una palabra de sus escritos pero si saber que la costumbre que nos legó, representa la paz, la reconciliación y la solidaridad entre los hombres.



Leyendas indoeuropeas

También podemos remontarnos a la época comprendida entre el segundo y tercer milenio a.c. En aquel entonces, una gran variedad de pueblos indoeuropeos que se estaban expandiendo por Europa y Asia tenían a los árboles como expresión de las fuerzas fecundantes de la Madre Naturaleza, por lo que les rendían culto. El fuerte roble fue en muchos casos el árbol rey. Al llegar la caducidad de sus hojas, su aspecto desolado era compensado con diferentes adornos tratando de atraer el espíritu de la Naturaleza que se creía huido. La leyenda cuenta que en la primera mitad del siglo VIII un roble que los paganos creían sagrado cayó sobre un abeto, pero éste quedó milagrosamente intacto, por lo que fue proclamado el árbol del Niño Jesús. Su forma triangular se explicó como representativa de la Santísima Trinidad, con el Dios Padre en la cúspide y en la base el Hijo y el Espíritu Santo.

El moderno árbol de Navidad

El moderno árbol de Navidad proviene de Alemania y sus primeras referencias datan del siglo XVI. Hasta el siglo XIX no llegaría a Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Puerto Rico, China y Japón. En España empezó a penetrar en el primer cuarto del siglo XX y en la actualidad se encuentra arraigado en la mayoría de Europa y Latinoamérica.

La leyenda del abeto es tan vieja como el cultivo del mismo árbol. Fue en el siglo VIII, en la antigua Germania, cuando un monje inglés, llamado Winfrid, taló en una nochebuena, un roble que era utilizado en las festividades paganas para ofrecer vidas en sacrificio. En ese mismo lugar brotó milagrosamente un abeto y por eso su especie se tomó como emblema del cristianismo.
Para los bretones (grupo celta de Bretaña), el árbol de Navidad fue descubierto por Parsifal, caballero de la mesa redonda del rey Arturo, mientras buscaba el Santo Grial o cáliz de la Última Cena de Jesús. La leyenda cuenta que el caballero vio un árbol lleno de luces brillantes, que se movían como estrellas. El escritor alemán Goethe, en su libro Werther, también hizo alusión a un frondoso arbusto lleno de caramelos y figuras religiosas.
El antecedente más cercano a nuestra tradición parece remontarse a la Alemania de los primeros años del siglo XVII. En 1605, un árbol fue decorado para ambientar el frío de la Navidad, costumbre que se difundió rápidamente por todo el mundo.

La implantación de esta tradición en los diversos países europeos fue haciéndose paulatinamente, en 1813 penetró en Austria, en 1820 en Polonia en 1829 en Gran Bretaña, en 1840 en Francia...
Una vez que llegó a Francia penetró lentamente a España por Cataluña a partir del primero cuatro del siglo XX. En España hubo grandes detractores de esta tradición como Dolors Cos en 1930 o Ramón Violant en 1948 que se quejaba de que mezclado entre los puestos de venta de figuras y adornos también aparecieran árboles de Navidad.
El árbol de Navidad llegó a Finlandia en el año de 1800; en Inglaterra en 1829, y fue el príncipe Alberto, esposo de la reina Victoria, quien ordenó adornar el castillo de Windsor con un árbol navideño en 1841.
La tradición del abeto decorado, salió de Inglaterra directo a Estados Unidos, en tiempos de la colonización. Se le atribuye a August Imgard, un hombre de Ohio, quien instaló el primer árbol navideño, en 1847. De ahí en adelante, la cultura norteamericana ha sido abanderada en materia de decoración navideña. Árboles cuyas dimensiones, abarcan la atención en parques, centros comerciales, tiendas, calles y hogares. Sintético, natural, seco, fresco, blanco o verde; lo que importa es que se sigue adornado cada año y que alrededor de él se deposita la magia, la esperanza y la fe de tiempos mejores.

1 comentario:

Srta. Maquiavélica dijo...

wowow este post resulto ser muy educativo jejjee, ni idea del origen del arbol¡¡¡oye corazón me canse de esperar tu visita al df jeje, ya caduco el premio
besitossssssss